Aqui teneis otro relato, que ya era hora. Es de los más tontillos, pero no se puede pedir mucho...
HERMINIA
71 años
Anciana de espíritu joven, tres hijos, sola a su pesar.
Ese día amaneció nublado, con aspecto lluvioso.
- ¡Vaya! No podré ir a ver a Luisa... - exclamó Herminia al mirar por la ventana e intuir que en unas horas comenzaría a llover. – Tendré que llamarla, para que no se quede esperándome.
Entonces se encaminó a coger el teléfono. Buscó el número de su hija mayor en la montaña de papeles que tenía en la mesita de la entrada, y llamó:
- Eres Carlos ¿no?- preguntó como de costumbre, para asegurarse de que su capacidad para reconocer voces seguía intacta a pesar de la sordera que le perseguía con pasos de gigante. – Dile a tu madre que no podré ir hoy a veros, parece que lloverá en poco rato. La llamaré otro día.
- Bueno... nose qué haré ahora- exclamó con una voz tan oscura como el día.
Herminia odiaba los días de lluvia, tormenta o nubes. Lo había odiado durante toda su vida, y cada vez que el tiempo la castigaba ella se aburría como una niña pequeña en una reunión de mayores. ¡No podía salir a pasear! Para Herminia no había nada como dar un paseo; sola o acompañada, por campo, playa o ciudad... ella siempre quería pasear. De ahí que gozara de tan buena salud a sus 71 años. Sus hijos siempre le decían que no sabían como podía seguir paseando durante tantas horas todos los días, era algo increíble para ellos, cansados siempre de la rutina que llevaban. Luisa, con 46 años y cuatro hijos, era la única que de vez en cuando la intentaba comprender: un par de veces al mes la invitaba a pasar el día a su casa en el campo. Rodeada de bosque, ríos y animales Herminia era feliz, y su hija lo sabía. En cambio, Ana y Óscar nunca la invitaban a nada; una visita en las fechas importantes era suficiente, e incluso ahí iban con prisas, siempre tenían algo que hacer. Herminia se preguntaba por qué se comportaban así.
- ¿Soy yo? A lo mejor me comporto de manera extraña ahora que me he hecho mayor...
Ana acababa de tener un hijo, y solo la había llamado para decirle que día lo bautizarían, así que Herminia había comprendido que hasta un mes después no conocería a su nuevo nieto. Esas cosas eran típicas en su hija. Se educó en un ambiente muy familiar, pero al casarse con Matt cambió todas sus costumbres. Él, un inglés 5 años más joven que ella, nunca había sido de su confianza. Era un tanto extraño todo eso que contaba sobre un negocio que tenía en su país que le daba suficientes beneficios como para viajar allí únicamente tres veces al año. Pero, aun así, tenía que admitir no conocerlo mucho. Por su parte, Óscar, que siempre gozó de los privilegios de único varón, andaba de aquí para allá. Trabajaba de representante de una importante compañía de medicamentos, y le pagaban bastante por hacer un viaje internacional por semana. Herminia comprendía el éxito laboral de su hijo, pero nunca hasta el punto de aceptar que no tuviera pareja estable y tonteara con todas. A esto él siempre contestaba lo mismo: - Mamá, piensa que pocos hombres que no sean actores o cantantes tienen ese privilegio. ¿Por qué no lo voy a aprovechar?- Por lo que Ana le contó una vez, Óscar escribía el nombre y la nacionalidad de cada una de las mujeres con las que estaba, aunque solo fuera una noche, para poder vacilar después de hombre cosmopolita.
– Parece mentira que sean hijos míos- se lamentaba ella.
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