En mi caso, era duro haber perdido para siempre a la única persona que había estado a mi lado desde el día en que nací y que, probablemente, esperaba seguir estarlo durante el resto de mi vida; como cualquier madre… Era duro no saber exactamente qué sucedió, y no tener valor para preguntarlo. Y, quizás, era aún más duro observar en silencio cada día que mi padre era incapaz de dar una simple explicación, algo que hiciera un poco más fácil la situación a mis escasos nueve años. Lo vi llorar, como nunca más lo he visto. Lo vi pasar las peores navidades de su vida; las que estoy segura recuerda cada año. Dejó que yo las viviera como siempre, engañada, aunque no estuviera ella. Intentó hacerlo lo mejor que pudo, aunque hoy sé que se equivocó. Y cuando esos días pasaron, me lo dijo. Todavía recuerdo aquel paseo por el parque, y cómo tuvo valor para contarme que la habíamos perdido… para siempre. Aún recuerdo las palabras que me hicieron entender que desde ese 25 de diciembre de 1998 nuestra vida ya no iba a ser la misma. Entonces, lo vi cambiar toda su vida por mí e intentar que cada día, cada minuto, fuera feliz, sin dejarme tiempo para pensar y darme cuenta de que lo que había sucedido era mucho peor de lo que yo podía llegar a imaginar.
Todo esto lo comprendí pocos años después. Al mismo tiempo que empecé a ser consciente de mi soledad. Justo cuando murió mi abuela materna, tras meses consumiéndose. En mi cuerpo sólo había una mezcla de impotencia y culpabilidad. Y me derrumbé.
Pasé muchos meses centrada únicamente en mi propia depresión, llorando casi diariamente y sin poder confiar en nadie. Me sentía incomprendida y mi carácter cada día se hacía más introvertido. Además era mucho más madura que todos los de mi edad, había crecido a la fuerza. Peleaban por cosas intrascendentes para mí, e incluso alguno se atrevió a intentar darme lecciones de vida: “la vida no es un camino de rosas”, me dijeron una vez. ¡Cuánta ingenuidad! Mientras, en casa las cosas iban cada vez peor. Mi padre había hecho su propia vida, había creado su propio mundo sin contar conmigo; ya no nos hacíamos falta el uno al otro, pues habíamos aprendido a vivir solos, sin nada ni nadie. O eso creíamos. Mi aprensión hacia los cambios era cada vez mayor, y cualquier noticia que pudiera suponer un pequeño giro en mi forma de vida me hacía llorar durante días. Poco después murió el hermano de mi madre, víctima de sobredosis. No lo supe hasta tres días después; pensaron que podría estar demasiado ocupada para preocuparme porque mi tío había muerto, así que decidieron llamar cuando pasó el fin de semana. Ese día comprendí que sin siquiera darme cuenta había perdido a esa parte de la familia, a los pocos que me quedaban. Yo solita me había alejado poco a poco, tanto que entonces sólo existía entre nosotros una distancia incómoda, a la que nos habíamos acostumbrado todos, y que nadie intentaba romper.
...CONTINUARÁ



No hay comentarios:
Publicar un comentario