Hace muchos años, cuando todavía era demasiado pequeña para entender lo que sucedía a mi alrededor, pero lo suficientemente mayor para comprender que algo pasaba, alguien me recomendó que escribiera. Me miró a los ojos y supo que me sentía sola; sentía que todos los que daban su vida por mí, que dedicaban sus días a cuidarme y atenderme, se esfumaban uno por uno, sin avisar.
Es curioso que tardé años en sentirme así. Durante esos años maduré y me di cuenta de que faltaban personas realmente importantes a mi lado, que poco a poco mi vida cambiaba. Me di cuenta de que cada día era más difícil “sobrevivir”, pues hasta entonces no había tenido que preocuparme por mí misma. Sólo veía una cuesta hacia arriba inmensa, insuperable, de cima inalcanzable. Me di cuenta de que tenía que hacer esfuerzos inmensos no para llegar, sino para simplemente estar a la altura de los demás. Para seguir el ritmo de aquellos a los que aún ayudaban en todo. Aquellos que todavía eran “niños”, que no se tenían que preocupar por nada, que seguían teniendo a su lado a los que les hacían la vida más fácil y les cuidaban… Pero yo no tenía eso.
Nunca quise hacerme víctima de la vida. De hecho siempre odié que me señalaran como la pobrecita del grupo. Siempre odié los comentarios a mis espaldas sobre mi vida y lo desgraciada que podía llegar a ser. No era verdad. Me sentía sola (aunque no lo sabía nadie), pero NO era desgraciada ni pobrecita… nada de eso.
Un día, de repente, exploté. Sólo podía llorar y llorar. Me preguntaba por qué a mi, por qué yo, por qué así. Por qué todo de golpe, sin avisos ni explicaciones. Y, como me dijeron, empecé a escribir. Contaba lo que vivía y lo que, sin embargo, me gustaría vivir. Contaba lo que añoraba, esos recuerdos que, aunque escasos, sigo repasando de vez en cuando. Y contaba lo que envidiaba. Todo eso que los demás tenían y que yo había perdido de golpe. Pocos se dan cuenta de que cuando pierdes a alguien (alguien-es en mi caso) no sólo pierdes su presencia, su compañía. También pierdes todo lo que puede aportarte o enseñarte, lo que puede regalarte, los recuerdos, los momentos que podrías vivir a su lado. Y todas esas cosas que son especiales junto a esa persona, pero que hasta que no la pierdes no comienzas a valorar y a distinguir como “importantes”. Pero entonces alguien me enseñó a no envidiar. Me enseñó que todos tenemos algo en nuestra vida que querríamos eliminar, que nos hace sufrir e incluso envidiar algo de los demás. Todos somos un poco desgraciados, en parte, aunque siempre intentaremos ocultarlo. Aun así, aún hoy, envidio a aquellos que llegan a casa con una sonrisa, que se sienten apoyados y comprendidos. Que se sienten parte de una familia, en la que todos son iguales. En la que saben que alguien se preocupa por ellos diariamente; alguien que daría la vida por su bienestar.
...CONTINUARÁ =)



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